¿SEÑALES DE UN CAMBIO DE TENDENCIA?

Copyright © Miguel Ángel Mira Illana / Milla, Mira y Navarro, arquitectos, 6 Junio 2008
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Deseo no confundir al respetable utilizando la palabra tendencia en el ámbito de la arquitectura, ya que la moda (por definición pasajera) no debería marcar pauta alguna en este oficio.

Hablo de que los medios comienzan a recoger cada vez más artículos, reportajes y reflexiones, que al menos ponen en duda la validez de la predominante arquitectura gesticulante.

Algunos de los autores mencionados aquí han escrito libros con este sentir hace años, pero el corto ensayo o la columna son la forma en que su mensaje ha llegado a nosotros de forma más contundente, aunque en ocasiones menos honda. Esto pone de relieve la importancia de los medios en este debate, para el que, con excepciones, no adoptan línea editorial o no dan espacio para la confrontación entre posturas divergentes.

El reportaje "LA REVUELTA DE LOS 100" (JAVIER MOZAS. El País 01/03/2008), el artículo "COCINA DE LA ARQUITECTURA" (ANATXU ZABALBEASCOA El País, 03/06/2008) o el estupendo ensayo "EL ESTILILLO INTERNACIONAL" (HELIO PIÑÓN. Revista arquitectura nº351.1T.2008), muestran que no eran pocos los seriamente preocupados por el panorama arquitectónico actual.

Pero ya en 2006, en una entrevista concedida al diario El País (26.10.06), el historiador de arquitectura William Curtis decía "Hoy en la arquitectura hay espacios como supermercados, envoltorios espectaculares y trucos. Es fast arquitectura, pura imagen. Y es muy triste que España compre eso. No creo que promover el espectáculo sea promover la buena arquitectura. Escuchar esto puede ser duro para un alcalde que cree que está apostando por la arquitectura cuando confía en un Premio Pritzker"

En esta reflexión se comprimen las relaciones transversales entre medios, "arquitectos mediáticos" y política, que tal y como se están produciendo, empobrecen (a nivel cultural y económico) y desorientan a la sociedad sobre los valores que puede aportar la arquitectura.

Yendo por partes, "envoltorios espectaculares y trucos" es un término que, de forma más suave describe A. Zabalbeascoa en su artículo "Cocina de la arquitectura": "Ya no se trata de comer y habitar, sino de vivir una experiencia. Nadie discute que no es lo mismo degustar que alimentarse, y que arquitectura y construcción son distintas. Pero en la supuesta sofisticación de elegir lo que nunca antes habíamos visto se esconde una herramienta primitiva: la sorpresa. Lo impensable se ha convertido en un valor seguro".

Estas reflexiones, que parecen posicionarse del mismo lado, difieren en algo importante. Zabalbeascoa piensa que es dudosa la aportación experiencial de ciertas propuestas arquitectónicas, mientras que el tono más vehemente de Curtis parece indicar que simplemente no deberían llevarse a cabo.

Estamos más de acuerdo con Curtis, dado que la trascendencia temporal y física de la arquitectura no es similar a la de ninguna otra disciplina artística con las que se la compara. Podremos vaticinar sin mucha preocupación que sin duda comer espuma de tortilla de patatas pasará de moda, pero no asumir con la misma tranquilidad que tal vez el Nuevo Campus de la Justicia de Madrid será simplemente una entretenida experiencia, que mostrará las tendencias de las familias arquitectónicas del momento. Mientras en casi todas la ramas de la producción artística los términos "pasarse de moda" o "experiencia fallida" son equivalentes a desaparición, sustitución, olvido, o arrinconamiento temporal, ninguna de estas consecuencias afecta a la arquitectura fallida. Ésta permanece y afectará a miles de personas, por lo que resulta injusto para las generaciones futuras enmarcar la arquitectura en el mero ámbito de la moda y la originalidad.

Dado que la arquitectura y el urbanismo representan un tremendo esfuerzo colectivo social, técnico y económico, antes y durante su vida útil (decenas de años al menos), el arquitecto es por definición el encargado de PREVER, y no de experimentar "A VER qué pasa". Que, como constata Zabalbeascoa, "lo impensable se haya convertido en un valor seguro" no es más que reconocer que se ha cedido a "la promoción del espectáculo", como dice Curtis. Especialmente por respeto a la existencia de otra realidad: las propuestas "impensables" han sido descartadas de antemano por los buenos arquitectos, no por falta de imaginación, sino por pura deontoloía, conocimiento y ética profesional.

Las consecuencias de esta falta de rigor, fomentada en buena parte desde los propios Colegios Profesionales y las Escuelas de Arquitectura, afectan a muchos niveles del quehacer diario.

De entrada los medios arrumban a la generación más experimentada, y el "super joven" triunfa por su "frescura y atrevimiento". Más bien lo hace por su inmadurez e ignorancia, ya que lo impensable, la sorpresa, ya fue desechada durante el análisis del problema por el arquitecto de mayor experiencia.

La segunda consecuencia es la banalización de las propuestas. Estas arquitecturas se encargan en su mayoría por la vía del Concurso de Ideas. El buen arquitecto ha de acudir también a estas convocatorias para conseguir trabajo. Tras elaborar su propuesta, compleja y llena de matices, se ve obligado a desvestirla u ocultar su contenido hasta, en el mejor de los casos, en palabras de Helio Piñón, "mostrar una escasez que se interprete como claridad y economía", si bien, y compartimos su opinión por el conocimiento de testimonios directos "lo más sensato para el que concursa es tratar de seducir a un jurado que, la mayoría de las veces, no tiene otro criterio para acertar que distinguir el producto de un famoso, o en su defecto de uno que se le parezca, hasta el extremo de llegar a confundirse con él."

Esta falta de rigor de los jurados no reside en la calidad profesional individual de los mismos (que a veces, también) si no en un viciado planteamiento de partida, que se ilustra en esta historia:

Se convocó recientemente un importante Concurso Internacional de Ideas. Como siempre ocurre en estos casos, el jurado lo formaron tanto arquitectos "de la casa" como otros "externos", de reconocido prestigio, como dice y manda la Ley.

Los "de la casa" ,que habitualmente conocen pormenorizadamente el programa y sus necesidades porque lo han elaborado, y tienen que posteriormente sacar adelante el edificio, construirlo y mantenerlo, y bregar con los usuarios y los ciudadanos, en esta ocasión discrepaban profundamente de la frívola deriva del debate, que conducía inexorablemente hacia la selección de proyectos problemáticos o manifiestamente tramposos, o inservibles para su finalidad. Habían convocado un Concurso para resolver un problema, no para buscarse otro mayor.

Los "externos", artistas invitados, tocados de un afán de trascendencia histórica zanjaron la discusión: "no se convoca un concurso internacional para elegir una solución obvia". Olé. O traducido: "me importan poco tus necesidades (o las de la ciudadanía representada por tí, mero defensor a sueldo del buen uso de sus impuestos) , y además no me interesan o no quiero conocerlas, ya que eso supondría un prejuicio, un dato que me distrae de la más alta misión para la que se me ha invitado, que consiste en enriquecer la historia y la cultura con la elección de una obra de arte pura y sin precedentes."

Este fenómeno no es reciente ni inesperado. Como puntualiza Helio Piñón "el abandono de la modernidad trató de compensarse interesándose en la lógica conceptual de la apariencia de la obra, en lugar de centrarse en la lógica visual - formal - de su configuración...." Efectivamente es mucho más complicado para un jurado analizar si la forma resultante es la consecuencia de un proceso de análisis complejo, de una investigación que ahonde en la riqueza de lo cotidiano, que elegir un artefacto a la moda al que la tecnología actual permitirá luego dotar de la condición de construido. "...El arte constructivo da paso así a una práctica orientada al espectáculo, ligero y hedonista, es decir, populista y banal; no ha de extrañar, pues, el desplazamiento de la actividad del proyecto desde la construcción de la identidad del objeto..." - con todas sus complejas variables, incluido el análisis del prosaico programa- "...hasta la mera gestión de su imagen"

La tercera consecuencia es la desorientación de medios de comunicación y políticos, que de buena fe confían en los "expertos". Periodistas y personas públicas no parecen caer en la cuenta de que si con facilidad pueden ver que sus propios gremios están en horas bajas, de la misma manera otros profesionales, y por tanto la cultura occidental, no se libran de este declive. Es por esto que al menos la cautela y si fuera posible, el rigor, fueran sus prioritarios consejeros, ante una actividad de tanta trascendencia económica, temporal y física como la arquitectura.

La cuarta y más grave secuela es que este mundo de la arquitectura exageradamente frívola y banal, por su fuerte impacto mediático y político es la cara de una moneda, cuya cruz es inevitablemente el destrozo urbanístico y paisajístico.

Víctor López Cotelo, en la entrevista concedida a la revista Vía construcción (nº 55, abril 2008) lo sintetiza así: "Creo en la arquitectura como una actividad investigadora en la que hay muchos aspectos que investigar, y cualquier proyecto permite hacerlo en alguno de ellos. Trasladar la experimentación a situaciones excepcionales me parece en principio erróneo. De ahí surgen los excesos de las obras "singulares" y el aburrimiento y falta de interés de lo cotidiano. Lo importante está en descubrir lo que puede haber de interesante en lo común, lo no evidente, y en ese redescubrimiento hacer que sea excepcional. Si no, la frustración en lo cotidiano nos lleva al exceso absurdo en lo excepcional. Pasamos de la rutina al "¡más madera, es la guerra!" de Groucho Marx y acabamos quemando el tren en que viajamos"

Efectivamente la buena arquitectura es fruto de la investigación y la experimentación desde el rigor, con la actitud de un científico y la emoción de un artista, pero es fallida cuando simplemente reproduce o gestiona una imagen a la moda, casi siempre tutelada por la academia. Los altibajos de la historia de la arquitectura casi siempre pueden resumirse en la alternancia de estas actitudes.

Es tal el eco de las obras mediáticas, fugazmente epatantes y finalmente incomprensibles, que la ciudadanía, y por desgracia muchos arquitectos, reducen la cuestión a sólo dos posibles elecciones: O el dispendio y el espectáculo, o la mera ejecución aburrida y sin interés de productos que finalmente sólo se justifican por su rentabilidad económica a corto plazo. El estudiante y el profesional experimentan frustración: o "aciertan" o mejor dedicarse a ganar dinero. No hay tercera categoría. Y para nuestros conciudadanos, los arquitectos, o somos famosos endiosados a quien tratar sólo para pedir un autógrafo o con quien hacerse una foto, o meros mercenarios al servicio de la especulación y la rentabilidad a corto plazo, obligatorios firmantes de cualquier barbaridad que los poderes que nos representan aceptarán resignadamente.

Pero la realidad no es una moneda de dos caras. Hay una "tercera categoría", y quiero recuperar el título del artículo y creer que se va a producir un cambio de tendencia. A esta tercera categoría de profesionales les cuesta sobrevivir, pero no cejan en el empeño. Esta historia real que ahora cuento, aunque camuflados nombres y cifras, nos ilustra la proporción del problema y cómo arquitectura mediática y mala arquitectura son caras de la misma moneda.

Un buen arquitecto, respetado, riguroso y cabal, fue consultado por su ya único cliente, un promotor que descubrió en él que existe una "tercera categoría", sobre la conveniencia de adquirir un solar, en el que la normativa permitía construir un número determinado de viviendas. El arquitecto no nada en la abundancia, y aunque antaño fue muy conocido, no está ya en el círculo de los mediáticos, quizá por conservar casi intacta la ética profesional que siempre le caracterizó. Analiza el problema y comprueba que la parcela es parte integral de las vistas desde la cercana Ciudad Monumental, y que el bosquete que hay en ella es parte de ese paisaje, por lo que concluye que sensatamente deben realizarse la MITAD de viviendas para conservar las cualidades paisajísticas de ese lugar y no representar una agresión al entorno, y que los futuros vecinos vivan en un lugar bello, bien soleado etc, etc. El promotor renuncia a la compra, pues en esas condiciones no resulta rentable. Con este arquitecto ha hecho obras bellas, robustas y útiles, y confía en él, que ve así perder un seguro encargo. No importa. Ya vendrán mejores tiempos.

Otro promotor también se interesa por la parcela y opta por una solución "imaginativa". Contrata a un reciente Premio Pritzker, que tras hacer su análisis concluye que en la parcela caben perfectamente el DOBLE de las viviendas que permite la normativa, obstáculo que fácilmente salvará con su buen nombre, ya que simplemente hay que construirlas dotándolas de fachadas consistentes en unas celosías que las hiedras, u otras perennes trepadoras, cubrirán con el tiempo. Talemos los árboles, ya que el paisaje quedará preservado bajo la bambalina verde, y gracias al incrementado rendimiento de la parcela los ingresos del promotor serán mayores, lo que permitirá sobradamente cubrir sus notables emolumentos. Por cierto, el famoso arquitecto no ejecutará el proyecto ni dirigirá las obras. Es hombre muy ocupado, con compromisos en todo el mundo. Su contrato estipula que sólo ha de acudir a un número pactado de intervenciones ante prensa y/o encuentros con políticos decisivos en la recalificación.

Hasta aquí la historia. En su desenlace poco importará el usuario, que en las duras condiciones climáticas del lugar estará siempre agradecido al gran artista por esconderle del sol y las vistas tras un tupido velo, eso sí, verde. ¿Talará con el tiempo el ignorante y poco sensible vecino los barrotes -verdes- de su nueva carcel, mostrando al paisaje lejano, a las vistas desde la Ciudad Monumental la desnuda sobreexplotación del suelo? Qué puede importar. No dediquemos la imaginación a prever el futuro, sino a contemporizar con lo impensable.


Miguel Ángel Mira Illana. Milla, Mira y Navarro, arquitectos

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